05 mayo, 2007

De romería

Bueno, ya va siendo hora de que hable un poco del puente de mayo, ¿no? ¿Qué tal lo habéis pasado vosotros? Yo, de miedo. Me fui al pueblo de mi padre, Andújar, por eso de ver a la familia, conocer a la novia de mi padre y subir al santuario de la Virgen de la Cabeza en su romería. Sí, ya sé que tengo poca pinta de asistir a actos religiosos. Y es que no iba para ver pasar a la Morenita (como llaman allí a esta virgen), no. Lo importante era la juerga que se monta alrededor.

El Sur.

Cada vez me gusta más esa zona de España. La gente no se estresa, hay buen humor en el ambiente casi de continuo, las vida es menos cara que aquí en Madrid (el desayuno que nos pegamos el último día no lo encuentras por 5,50 € en Coslada ni harto de vino), etc. Además está el acento, que me encanta en general y me vuelve loco en las niñas.


La romería.

Básicamente, la idea es subir en carreta hasta el santuario de la Virgen, estar un día allí mientras la sacan en procesión, y bajar. La gracia está en hacer un día entero de camino para subir, y otro día entero para bajar, ambos en carreta. Y como los días son muy largos, pues habrá que animar la cosa con comida (mucha), bebida (muchísima), música (es la parte que peor llevé) y juerga.

Las carretas funcionan en modo peña: unos cuantos colegas se juntan, pagan un dinero por hacerse la carreta (tirada por tractor) y comprar la comida y la bebida, y cada uno va en la suya. ¿Y dónde encajamos los de fuera? Pues te tienen que invitar, como ha hecho este año mi prima con nosotros. Pagas lo correspondiente (50 epis por cabeza para provisiones y otros 10 de seguro, por lo que pueda pasar). Aún así, si te descuelgas de los tuyos y ves que no te da tiempo a llegar hasta donde están, siempre te puedes enganchar a la carreta de otros, que lo primero que harán será ponerte en la mano un vaso y un plato. Ya os he dicho que el buen rollo flotaba en el ambiente. Si es que hasta a la Guardia Civil le daban de comer...

Una vez que llegas arriba, montas tu tienda de campaña (en realidad ya las habían instalado el día anterior) y te dispones a pasar el tiempo comiendo, bebiendo, cantando, bailando y divirtiéndote. Te ríes con la gente, la gente contigo, si eres nuevo por allí intentan pincharte (a quién se le ocurre meterse conmigo, Ñoño...), y así hasta que bajas al pueblo otra vez. En algún momento dado vas a la carretera por la que sacan a pasear la talla de la Virgen, la gente se desgañita gritando, alzan a los niños para que la besen (qué paciencia que tenían los curas, cómo se nota que se sacan sus buenos dineros en estas fiestas), y por la tarde, si quieres, subes al santuario (que está aún más alto que donde has dejado la carreta) y lo ves para justificar la parte cultural del viaje.

Las carretas.

Lo tienen montado de lujo. Imaginad una carreta típica, como las del Oeste, y ahora ponedle un par de arcones frigoríficos, huecos debajo de los asientos para meter las cosas, una especie de mesa/barra de bar en el centro, debajo del tablero de la mesa/barra baldas para colocar las bebidas, encima del tablero, unos platillos en alto para echar las guarreridas de picar, un equipo de música de quitar el hipo, un montón de baldas en toda la parte superior para el equipaje, chorrocientos compartimentos en el exterior para guardar las sillas, mesas, utensilios varios... Pues ya tenéis una carreta romera. Ahora llenadla de gente, niñas vestidas de gitana, tíos vestidos de curro (no, el de la Expo no), y ahí es donde yo estuve metido.

Mi carreta.

Bueno, vale, la de mi prima Mari. El único pero que le puedo poner a toda la romería es que toda la gente que iba en la carreta era de la edad de mi prima, más o menos. Y eso les sitúa en los treinta y tantos, la mayoría casados y con hijos. Ojo, que eso no les quitaba juerga a ninguno. De hecho, le daban todos mil vueltas a más de un soso que conozco (y mira que yo soy amuermado...). Lo malo es que andaba yo un poco desubicado; como que pegaba poco, vamos. Aún así, no me puedo quejar de lo bien que se portaron conmigo. Sobre todo el sábado, cuando Ana, Bibi y yo fuimos los únicos en aguantar despiertos hasta las nueve y media, más o menos. Eso sí, al día siguiente estaba molido.

El resto de tripulación era... Pues mira, no lo sé muy bien. Porque también estuve en la carreta de mi prima pequeña, Elena, y ya el lío de nombres es pequeño. El caso es que en las dos me trataron de puta madre (descubrí que allí soy primo de todo el mundo), y que me sigue encantando la forma en que se toman la vida por allí abajo.

Conclusión.

En definitiva, han sido cuatro o cinco días cojonudos. Me dejo montones de cosas en el tintero, y mirad la longitud que lleva esto ya. Podría hablar una a una de todas las personas que he conocido, podría meterme en detalles, pero esto se iba a convertir en un ladrillo aún más grande. Así que, si alguien quiere saber más, que me pregunte y yo le cuento tomando un café, o una cervecita (increíble la cantidad de cerveza que se pudo beber allí... Perdí la cuenta de los botellines que escurrimos).

1 Comments:

Blogger Tere said...

Ole ole !!! Pues ya somos dos !! A mi el sur me encanta.
Esta semana santa hepodido ir a Málaga y oye....me hubiera quedado por alli jaja

Me encanta la gente de alli,el ambiente que hay,y sobre todo como a ti ese acentillo ainsssss que arte por dios!!!

Pues eso,que me alegro de que te lo pasaras bien ojuuu jaja

Un besazo!!!

7 may. 2007 18:35:00  

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